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AMORES INSÍPIDOS

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Hay amores que son como un huevo sin sal: desabridos. Puede que el sentimiento exista, pero no se ve ni se siente. Se intuye, se presiente, pero no se evidencia.

No aparece. Solo recorre, discreto y fantasmal, la periferia de alguna piel deseosa de experimentar la bendición de las caricias. Un amor aséptico no necesita una cama, sino un quirófano. Es una flor cerrada que se ahoga en su perfume. Un capullo de clima caliente en clima frío. El amor requiere aire despejado, largas primaveras y buena temperatura ambiente. De no ser así, se arruga, se repliega sobre sí mismo y envejece.

El impulso afectivo debe moverse con libertad para no morir. Y no me refiero al sentir desbocado que lastima y enloquece, sino a la candela que necesita el amor para mantenerse vivo.

Un afecto timorato, amansado y moldeado por el hipercontrol, se parece más a un ordenador que a un ser humano. No debería extrañarnos que el primitivo y encantador lenguaje afectivo llegue a ser reemplazado por uno mucho más aburrido y reflexivo. Por ejemplo: “Caramba… Caramba…Creo que mi activación interna y las manifestaciones de mi musculatura estriada me indican que estoy llegando al clímax…”. El beso espontáneo, apasionado y devorador que ha caracterizado a los Rodolfo Valentino de este siglo, podría ser sustituido por una higiénica invitación al roce bucal: “Discúlpame… no quiero ofenderte ni pasar por atrevido… pero te invito a que intercambiemos nuestros respectivos alientos…”. La racionalidad es la peor enemiga de la pasión.

Las personas que han hecho de la mesura sentimental una especie de virtud constipada, no solamente frustran a su compañero o compañera, sino que se autoproclaman en directores espirituales del buen comportamiento. Una cosa es el pudor natural que acompaña la experiencia amorosa, y otra muy distinta, la fobia a sentir. Es verdad que la ética del amor requiere una buena dosis de responsabilidad, pero también es cierto que el bloqueo indiscriminado del afecto destruye cualquier vínculo.

“Para qué decirle que la quiero, si ella ya lo sabe”, decía un señor aterrado ante la posibilidad de contemplar a su deprivada mujer. Pero el cariño nunca sobra. El acto de amar no conoce redundancias. Un “te recontraquiero” es mucho más seductor y placentero que un “te quiero” a secas. El escueto y tradicional “buen día” se magnifica cuando lo acompañamos de un abrazo y un pico mañanero. Un pellizcón al atardecer puede ser el preludio de las mil y una noches. Sacar espinillas, peinar canas, jugar con los dedos del otro, susurrar, murmurar, suspirar cara a cara y sobar, son notificaciones y recordatorios de que la relación está viva. Es preferible un amor barroco, con mayúsculas y letras góticas, a un afecto postmoderno, mezquino y de letra menuda.

Una buena relación no permite la duda afectiva. Cuando el sentimiento vale la pena, es tangible, incuestionable y casi axiomático. No pasa desapercibido porque las miradas casi siempre nos delatan.  Es muy claro: si la persona que dice amarme vive “confundida”  y me acaricia cada muerte de obispo, la cosa está grave. Puede que me aprecie bastante, pero no creo que me ame.

¿Cuándo fue la última vez que te desmadejaste en los brazos de la persona amada? ¿Hace cuánto que no amaneces encalambrado, retorcido, anudado con las piernas del otro, sin almohadas y con tortícolis? El bienestar afectivo no es otra cosa que cariño al por mayor. Ese es el secreto: dejar salir el amor por los cuatro costados (en realidad son seis) hasta inundar la persona que amas. Lo demás viene por añadidura.

El ímpetu amoroso no puede silenciarse. Cuando se dispara, el organismo no cabe en su pellejo, lo implícito se hace explícito y el cuerpo, incontenible, se desborda en imprudencias. Y es precisamente ahí, entre el cataclismo hormonal y la comunión de dos, que el amor comienza a saborearse.


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YO TE DOY Y TU ME DAS: AMISTAD Y AMOR

Untitled design (19)Hay un precepto en las relaciones afectivas que no cambia ni cambiará, aunque los amigos del romanticismo entren en crisis y protesten: “Nos sentimos atraídos por quienes nos satisfacen y gratifican”.

Es la teoría de la gratificación de la atracción: elegimos a quienes nos brindan la mayor cantidad de estimulación positiva. ¿Amor lucrativo, interesado?: parecería que sí, aunque no de manera consciente y acaparadora, solo un poco. La susceptibilidad hacia el refuerzo forma parte de nuestra herencia más arcaica: buscamos el placer y escapamos al dolor, es la mecánica natural de la supervivencia.

Se sabe que las parejas con problemas tienden a presentar una baja tasa de intercambios positivos y una alta tasa de coerción, castigo o indiferencia, y que uno de los mejores tratamientos es precisamente incrementar la frecuencia de los intercambios positivos ¿De qué otra manera podríamos generar alegría en la relación? Una buena relación es esencialmente gratificante.

Según el modelo del intercambio social una relación afectiva satisfactoria se concibe como un sistema de interacción sustentado por un intercambio de elementos reforzantes entre ambos miembros. Así, las personas pueden se consideradas como dadoras y/o receptoras de todo tipo de información, estimulación y afecto incluido. Por lo tanto, la amistad de pareja se fortalece en aquellas relaciones donde sus miembros son tan dadores como receptores. La fórmula es sencilla: recibir con agradecimiento las recompensas y entregarlas con desprendimiento.

Tal como la experiencia indica, si los castigos prevalecen sobre los reforzadores, el amor deja de ser amigable. No niego que a veces el deseo, eros, prevalece aún en situaciones de evidente maltrato, pero la amistad de pareja no es tan ciega: los “amigos” que nos lastiman se marchitan en un instante. La amistad se rige principalmente por la alegría: “Amar es alegarse”, decía Aristóteles. Y el júbilo de estar bien con la persona amada tiene mucho que ver con el número y la calidad de las gratificaciones, ya sea materiales, emocionales o ambas.

Es verdad que una buena relación comparte todo: lo agradable, lo útil, lo bueno y lo malo, pero lo importante es que el balance sea positivo. Es imposible sostener una relación donde el balance sea negativo, el sufrimiento, tarde que temprano, inclinará la balanza hacia el desamor. Adoptar una actitud totalmente “desinteresada” y purista frente a los reforzadores naturales, espontáneos y bien intencionados que deben existir en cualquier relación, es errar el camino. A todos nos seduce el abrazo, el piropo, la caricia, el detalle. Esa es la dinámica motivacional de la convivencia.

Cicerón hablaba de la amistad como un intercambio recíproco de favores, ayuda mutua o devolver un favor con otro. Sin llegar a ser tan puntillosos y milimétricos, hay mucho de cierto en sus palabras. En la vida cotidiana, las parejas mejoran sustancialmente cuando deciden preocuparse más por el bienestar de su compañero o compañera. La buena convivencia afectiva es la mezcla ponderada y racional entre lo concupiscente (recibir beneficios) y lo benevolente (entregar bienestar).

Nuevamente Aristóteles y su realismo: “La amistad dura más cuando los amigos reciben las mismas cosas el uno del otro”. Yo diría, similares más que iguales. Y esto nos lleva a otro punto, la repartición justa y equitativa de los reforzadores, es decir, al sentido de justicia que a veces es inseparable del amor.


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CERRAR LOS OJOS

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Pensamientos negativos.  No siempre conscientes y a veces como expiación, afectan tu autoestima a diario.

Llevamos internamente la dudosa cualidad de sobregeneralizar a partir de nuestras metidas de pata y colgarnos etiquetas que funcionan como lápidas.

En un antiguo monasterio, un discípulo cometió un grave error y a raíz de ello se dañó un sembrado de papas. Los demás esperaban que el Instructor Principal, un anciano venerable,  le aplicara un castigo que sirviera de ejemplo. Pero cuando al cabo de un mes vieron que no pasaba nada, uno de los discípulos más crítico le dijo al viejo instructor: “¿Cómo puedes ignorar lo sucedido? Después de todo, Dios nos ha dado ojos para mirar…”. “Claro”, respondió el anciano, “pero también nos dio párpados”.

Si no es cuestión de vida o muerte a veces es bueno hacer la vista gorda, relajar la atención focalizada y dejar que las experiencias  ocurran sin ponerle tantas condiciones. Recuerdo una mujer que estaba sentada a mi lado en un viaje por los lagos del Sur cruzando de Argentina a Chile, cuando me dijo en un momento: “¿Usted no cree que esa montaña está muy tirada a la derecha?”. Algunas cosas son como son, y punto.

Sobrevivir a los mandatos sociales. Ser indulgente de tanto en tanto con tu aporreado “yo” y desmontar el terrible  arsenal de la flagelación como método para crecer: “¡Date duro!”, “¡Saca callos!”,  es ser parte de resistencia. La vida no es un curso acelerado de artes marciales autodirigidas. Cuando te acercas a ti mismo con ternura y autocompasión, con tolerancia y sin autocastigo,  todo fluye mejor. Cuando estés cara a cara con el  desprecio o el odio hacia tu persona, repite para ti: “Que la paz sea conmigo”. Date la mano y abrázate.  Y lo demás, aquello que obrará como un bálsamo,  no será un milagro, será tu decisión más íntima de quererte hasta reventar.


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LA TERQUEDAD DEL AMOR

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Ser muy distintos, en las parejas, no produce afinidad sino rechazo e incomodidad.

Un fanático del racismo emparejado con una activista de los derechos humanos no sería una feliz combinación. Como tampoco lo sería un sujeto violento por naturaleza con una mujer pacifista por convicción. Y no hablo de atracción física, sino de convivencia. En ocasiones la gente prefiere ignorar las disparidades, tapar el sol con el dedo y seguir con la relación como si nada pasara. Dos ejemplos.

Recuerdo el caso de una señora extremadamente devota casada con un hombre ateo cuyo hijo padecía de un desorden de ansiedad severo. En el tema religioso, ella no daba el brazo a torcer ni él tampoco. El problema se hizo manifiesto cuando el niño cumplió cuatro años y hubo que decidir a qué colegio iría. A partir de ese momento se desencadenó una lucha sin cuartel. La obra teatral Equs, de Peter Schafer, es un buen ejemplo de cómo la información contradictoria puede desencadenar alteraciones mentales. En la obra en cuestión, el padre del protagonista reemplazaba cada vez que podía, el crucifijo  que se hallaba sobre la cama de su hijo por la foto de un caballo, y la madre, con la misma insistencia, hacía lo contrario. Alan, el personaje central cuyo diagnóstico era de esquizofrenia, termina por cegar con un punzón a varios caballos cuando estaba haciendo el amor con su novia en una caballeriza. En el caso de la señora religiosa y su esposo ateo, todavía siguen juntos. Pese al daño que le han hecho a su hijo y a ellos mismos, una testarudez irresponsable los empuja a continuar enfrascados en una batalla sin sentido y sin solución.

Hace unos años atendí a una pareja totalmente dispareja que llevaban un año de novios. Ella era una mujer de treinta y dos años, muy atractiva, de un estrato social alto, católica practicante,  bastante culta y apasionada por la lectura y arte. Él  tenía veintitrés años, era aprendiz de mecánico, vivía en una habitación prestada porque su padre lo había echado a la calle, no le interesaba leer, su afición eran las motocicletas, pertenecía a una secta agnóstica y era adicto a la cocaína. Los pleitos y las escaramuzas eran constantes, así como los problemas sexuales y las agresiones de parte y parte debido a que ambos eran celosos. La cita la había pedido el padre de la “novia” esperanzado en que alguien hiciera cambiar de opinión a su hija. Sin embargo, pese a los intentos terapéuticos para que al menos tomaran consciencia de que sus diferencias eran de fondo y no de forma, ambos insistieron en que eran “tal para cual”. Finalmente se casaron porque ella quedó embarazada y tuvieron una niña. Después supe que él la había dejado por otra.

Si  bien es cierto que la parejas no vienen listas de fábrica y debe haber un acople de parte y parte, hay algunas que son definitivamente incompatibles. Como las piezas de dos rompecabezas distintos: podemos encajarlas a la fuerza, pero el resultado final será una imagen distorsionada.


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¿QUÉ HACER FRENTE AL ABANDONO?

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Pelear la vida. A regañadientes, a las malas, con las uñas, como quieras, pero no hay otra opción. Puedes sentarte a llorar tu mala suerte, a lamentarte de la “injusta” soledad, a sentir lástima por tu aporreado yo y autocompadecerte. O por el contrario, puedes levantar cabeza y aplicar una dosis de racionalidad a tu desajustado corazón.

Si te dejó, si se fue como un soplo, si no le importaste, si te hizo a un lado con tanta facilidad, si no valoró lo que le diste, si apenas le dolió tu dolor, si decidió estar sin tu presencia, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que no te merece?.

Y si te dejó porque ya no te ama, porque se le agotaron los besos, y hasta la más simple de las caricias se le convirtió en tortura, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que ya no te ama?

¿Y no será, que si fue cruel o se le terminó el amor, ya no tiene sentido insistir en resolver lo que ya está resuelto? ¿No será que hay que quemar las naves, cerrar el capítulo y dirigir la atención a otra parte? No se trata de no sufrir, sino de darle al sufrimiento un giro y elaborar el duelo (resignarse a la pérdida). No preocuparse por lo que podría haber sido y no fue, sino por que es.

Lo curioso del despecho es que los que han sido abandonados, casi siempre terminan por autocastigarse: “Si la persona que amo no me quiere, no merezco el amor” o “Si la persona que dice quererme me deja, definitivamente no soy querible”. La consecuencia de esta manera de pensar es nefasta. El comportamiento se acopla a la distorsión y el sujeto intenta confirmar, mediante distintas sanciones, que no merece el amor. Veamos cuatro formas típicas de autocastigarse que utilizan los “abandonados”:

1. Estancamiento motivacional: “No merezco ser feliz, entonces elimino de mi vida todo lo que me produzca placer” (autocastigo motivacional)
2. Aislamiento afectivo: “No merezco a nadie que me quiera. Cuánto más me guste alguien, más lo alejo de mi lado” (autocastigo afectivo)
3. Reincidencia afectiva negativa: Buscar nuevas compañías similares a la persona que nos hizo o todavía nos hace sufrir (profecía autocastigante)
4. Promiscuidad autocastigadora: Entregarse al mejor postor, “prostituirse” socialmente o dejar que hagan de uno lo que quieran (autocastigo moral)
Me preguntó, ¿Y no será que de pronto no eres tan culpable como crees, y que no haya ni buenos ni malos, vencedores y vencidos?

Ahora que te dejó, hay que comenzar a vivir de otra manera. Retomar lo bueno que tenías olvidado y arrancar. Todos somos capaces de recuperarnos del fracaso afectivo. Al principio duele hasta el alma, pero al cabo de un tiempo, si eliminamos el autocastigo, la mente empieza reponerse.

Piensa en las pérdidas que has tenido anteriormente en tu vida, y cómo ahora, no te producen ni rasquiña. Es muy probable que dentro de un tiempo, esta última decepción, la que ahora estás padeciendo, quede reducida a un recuerdo insípido y descolorido.
Y mientras tanto, te toca sobrevivir. Evitar caer en los puntos a, b, c y d. Rodearte de amigos y amigas de verdad, porque la amistad cura. También puedes acceder a la vida espiritual que tenías abandonada, y no me refiero a encerrarte en un templo, sino revisar tu sentido de vida. Las crisis activan la autobservación y nos obligan a mirarnos desde una óptica nueva.

Siempre habrá alguien, testarudo y persistente, que nos quiera a pesar de todo. A esta hora, en algún lugar de la ciudad, hay una persona desconocida que aún no conoces, dispuesta a contagiarte de amor, que pronto entrará a tu vida. Es solo cuestión de tiempo.


LOS CAMINOS PSICOLÓGICOS DEL PERDÓN

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Acercarse al perdón es una experiencia que trasciende. Es como un proceso por el cual la persona se transforma y aliviana la carga negativa del rencor y los paradigmas más rígidos se transmutan en algo parecido al desapego.

Simplemente te sueltas y tiras todo el odio por la borda hasta que el último vestigio de venganza desaparezca. El resultado de esta “revolución interior” es similar a una renovación esencial, una reestructuración donde el “yo” descansa y se reinventa. Para comprender el perdón hay que comenzar por su negativa: qué no es perdonar. Retirar “lo que no es” para que nos quede el núcleo duro de “lo que es”, su verdadera naturaleza.

Perdonar no es borrar la falta cometida. No se trata de dar “absolución total y radical”. No se puede deshacer la falta de un plumazo como si tuviéramos un poder sobrenatural. Nadie es capaz de borrar la memoria histórica y olvidarlo todo, por tal razón, perdonar no es una especie de amnesia que nos hace comportar como si nada hubiera pasado. El recuerdo de lo acaecido cumple una función adaptativa (por ejemplo: “¿Debe un niño olvidar el rostro del abusador que persiste en su afán destructivo?”) y certifica el respeto a las víctimas: “Deberíamos olvidar el holocausto o Bosnia-Hersegovina?”. Adaptación y responsabilidad ética: imposible renunciar a ellas.

Perdonar no es otorgar clemencia. No soy quien para decidir el tipo de castigo que debería tener mi ofensor, ni su intensidad: eso lo define una justicia estatal y organizada, a no ser que reclame venganza o la ley del Talión (“ojo por ojo”). Perdonar no es aliviar la pena o la condena, supone un paso más que un mero acto de jurisprudencia.

Perdonar no es sólo compasión. Es decir: el perdón no solamente requiere de cierta misericordia con el agresor. No es suficiente que el arrepentimiento del agresor genere en nosotros cierta solidaridad con su sufrimiento: el perdón también es una decisión, una virtud pensada y actuada, pero siempre razonada. Es un acto de la voluntad que va más allá del “contagio afectivo”. De hecho, puedo perdonar a una persona sin conocerla, puedo perdonar a los muertos y a quien ni siquiera se ha arrepentido. El perdón es un acto individual y personalizado. Insisto: una decisión de la mente, acompañada por el corazón.

Perdonar no es renunciar a nuestros derechos. Perdonar no significa negociar los principios y los valores que nos definen o doblegar la propia dignidad. Uno puede dejar de odiar a alguien y aún así seguir defendiendo los derechos personales frente a ese individuo en cuestión. No implica abdicar de lo que creemos justo, sino protegerlo sin violencia física o psicológica

Si perdonar no es nada de lo anterior, ¿qué es entonces? Es recordar sin odio, es extinguir el rencor y eliminar los deseos de venganza. Es hacerle el duelo al resentimiento. Implica enfrentarnos a nuestros enemigos sin odiarlos y movidos básicamente por la convicción. De esto se trata el perdón, de adquirir la tranquilidad del alma, que tanto predicaban los antiguos griegos: la paz interior, para que luego se refleje fuera.

¿Cómo llega uno a perdonar y a sentirse libre internamente? Aunque existen muchos caminos que conducen al perdón señalaré cuatro de los más importantes:

  1. El camino del amor. Cuando se ama de verdad, cuando lo que se siente es un ágape profundo y honesto, el perdón sobra. ¿Qué no le perdonaríamos a nuestros hijos? La respuesta es: le perdonaría todo. ¿Cómo odiar a un hijo?
  2. El camino de la comprensión. Requiere ponerse en los zapatos del otro y tratar de buscar explicaciones que nos ayuden a echar luz sobre el asunto. Entender empáticamente al prójimo facilita el perdón. No hablo de “justificación” sino de discernimiento. A veces es un regalo que le haces al otro.
  3. El camino del desgaste. La frase liberadora es como sigue: “Me cansé de odiar”. Dejar el rencor por mera supervivencia: “Odiarte me quita energía vital: me cansé de sufrir”. Es un regalo que uno se hace a sí mismo para mejorar su calidad de vida.
  4. El camino de la comparación. Es una forma de identificación por lo bajo. Al compararme con los “defectos” de la persona que me hizo daño, la mente hace este análisis: “¿Cómo no perdonarte, si yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo”. Cuando descubrimos que en la situación del otro hubiéramos actuado igual o de manera semejante, el rencor empieza a tambalear.

Finalmente y a manera de conclusión, digamos que el proceso psicológico y emocional que conlleva el perdón no es exclusivo, no se necesitan dones especiales, ni pertenecer a una secta de iluminados. Cualquiera puede hacerlo, si trabaja en ello y decide construir en vez destruir, si decide crecer en vez de involucionar. Una cosa es segura: los que logran perdonar, están más cerca del amor.


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