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La adicción afectiva

Walter-Riso

Una mujer de treinta años, soltera y profesionalmente exitosa, hacía la siguiente descripción de su “relación amorosa”:

“Estoy cansada…Llevo doce años de novia y nada parece funcionar…El problema no es el tiempo, sino el trato que me da mi novio…Él no me maltrata físicamente pero sí lo hace verbalmente…Me dice que soy la mujer más fea que ha visto y que le doy asco…Si estamos en algún lugar público, me hace caminar adelante para que no lo vean conmigo porque le da vergüenza…Cuando le llevo un detalle, si no le gusta, me grita tonta y retardada, lo rompe o lo arroja a la basura muerto de la furia…Yo siempre soy la que paga las cuentas…Jamás me abraza o acaricia, porque dice que me voy a mal acostumbrar…Tiene otras mujeres, me cuenta lo que hace con ellas y me obliga a escucharlo…Si no le presto el carro me insulta…El otro día me escupió en la cara…”

¿Cómo es posible que una persona pueda llegar a tolerar este tipo de agravios y someterse así? Cuando se le preguntó porque no lo dejaba, contestó entre apenada y esperanzada: “Es que lo amo…Pero si pudiera desenamorarme, lo dejaría…“. Ella buscaba el alivio, pero no la cura.

No hay que esperar a desenamorarse para terminar con una relación destructiva. En estos casos, la estrategia adecuada para enfrentar el problema es la misma que se utiliza en farmacodependencia, donde el adicto debe pelear con la apetencia y sacrificar el placer inmediato por la gratificación a mediano o largo plazo.

En las adicciones afectivas (apego), nos guste o no, todo el trabajo de ruptura e independencia emocional deberá hacerse con el supuesto amor a cuestas: “Aunque lo quiera, me alejaré de él porque no me conviene”. Muy difícil y solo para valientes, pero así es. No importa cuanto duela, si es dañino, hay que retirarse y no consumir. El desamor no es un requisito para desligarse de las relaciones enfermizas, sino más bien su consecuencia. Además, no creo que el amor pueda disminuirse a fuerza de voluntad y razón, eso es puro cuento. De ser así, el proceso inverso también debería ser posible, y tal como lo muestran los hechos, uno no se enamora del que quiere, sino del que puede.

La mujer antes mencionada era una adicta a la relación, o si se quiere, una adicta afectiva. Mostraba la sintomatología típica de un trastorno por consumo de sustancias, donde la dependencia no estaba relacionada con la droga, sino con la seguridad de tener a alguien, así fuera una compañía espantosa. El diagnóstico de adicción se fundamentaba en los siguientes puntos: (a) pese al mal trato, la dependencia había aumentado con lo meses y los años; (b) la ausencia de su novio producía un completo síndrome de abstinencia no reemplazable por otra “droga”; (c) existía en ella un deseo persistente de terminar el noviazgo, pero sus intentos eran infructuosos y poco contundentes; (d) invertía una gran cantidad de tiempo y esfuerzo para poder estar con él, a toda costa y por encima de todo; (e) había una clara reducción y alteración de su normal desarrollo social, laboral y recreativo debido a la relación; y (f) seguía alimentando el vínculo a pesar de tener consciencia de las graves repercusiones psicológicas para su salud. Un caso de “amorodependencia”, de dudoso amor.

El núcleo duro de toda relación de pareja es el autorrespeto. Sin él, dejaríamos de ser queribles. Sin ese conjunto de principios no negociables, quedaríamos a merced del mejor postor y el amor propio se volvería añicos. El apego corrompe, degrada, limita, cansa, desgasta y agota nuestro potencial. Por el contrario, la dignidad libera, el autocontrol ayuda, la autoestima engrandece, la autoeficacia nos vuelve atrevidos, y el realismo afectivo, por más crudo que sea, enseña a perder. Mal de amores o salud afectiva: la elección es nuestra.


La amistad en la pareja

Walter-Riso

Amistad amorosa: gozar de la persona amada sin angustia y con benevolencia. Me alegra tu alegría, me complace verte feliz. Amor compañero: el cariño que sentimos por aquellos con quienes nuestras vidas están profundamente entrelazadas.

Algunos psicólogos no ven con buenos ojos la amistad de pareja y tienden a separar el amor de compañerismo, de la libido. Por ejemplo,  Stemberg, dice al respecto:

“El amor de compañerismo es el resultado  de los componentes intimidad y decisión-compromiso del amor. Se trata, esencialmente, de una amistad comprometida, de larga duración, del tipo que frecuentemente en los matrimonios en los que la atracción física una fuente primordial de la pasión,  ha disminuido”

Hacer incompatible el compañerismo de pareja con el deseo, es crear una falsa dicotomía. ¿Quién dijo que el compromiso voluntario que nace del “querer simpático” es irreconciliable con la chispa de eros? O por el contrario, ¿no será que el sexo maduro, el que surge de la buena convivencia, posee la cualidad, el cuerpo y el aroma de los vinos añejos?. No se trata de excluir la pasión del compromiso, sino de integrarlos en un amor más unificado y completo. Nadie niega que con el paso de los años la atracción física disminuye, pero tal como he dicho antes, la sal, el gusto por la relación, puede estar en muchos otros elementos.

El filósofo Vernant, sin duda más realista, se refiere a la amistad de pareja como una relación entre camaradas:

 “Ser camaradas es ser amigos en el día a día. Cuando se ha comido se ha bebido y reído juntos y se han hecho también la cosas importantes y serias, esta complicidad crea tales vínculos  afectivos que solo se puede sentir llena la propia existencia en y por la proximidad del otro”

Los compañeros de abordo, como decía Brassens en una de sus canciones. En los años sesenta la palabra “camarada” fue adoptada por el partido comunista para referirse a los que “militaban en el mismo bando y compartían las mismas ideas”. La dimensión política del amor: personas comprometidas con la misma causa, independiente que sean de derecha o izquierda.

Según Aristóteles, “comunidad” es la asociación de dos o más individuos que tienenintereses comunes y que participan en una acción común. En un sentido similar, los psicólogos sociales describen dos tipos de alianza afectiva: relaciones de intercambio y relaciones comunitarias. En las primeras se llevan cuentas y se hace un permanente balance costo-beneficio. En las segundas, los cálculos no son tan importantes porque  el saldo nunca está en rojo, nadie se aprovecha del otro.

Amistad amorosa: comunidad afectiva de dos que se desean. No solamente eres “mi amor”, lo cual es entendible y hasta lógico porque te amo, sino alguien más fundamental, más cercano, más philico: eres “mi compañera (o)”. ¿Compañera (o) de qué?: de intimidad, de vida, de sueños. Hacer el amor con la mejor amiga o amigo, esa es la amistad de pareja.


El amor y los nuevos valores

San-valentin-walter riso

Si queremos modificar los paradigmas que tenemos sobre las relaciones afectivas, debemos revisar nuestras concepciones tradicionales sobre el amor en general y el amor de pareja en particular a la luz de un conjunto de valores renovados. En realidad, no sé si Dios es amor, pero de lo que estoy seguro es que el amor interpersonal humano, el que nos profesamos en el día a día y aquí en la tierra, está bastante lejos de cualquier deidad.

Hay al menos cuatro “valores” que han sustentado un amor convencional negativo para la salud mental, los cuales llevamos a cuesta como una obligación histórica que trasmitimos de generación en generación mecánicamente. Gran parte de nuestras relaciones interpersonales y afectivas se rigen por estos principios, que insisto, hemos incorporado a nuestros esquemas como verdades absolutas. Mientras exista este fundamentalismo sentimental estaremos condenados a un sufrimiento absurdo que nos impide vivir el amor de manera libre y relajada.

El primer valor a revisar es el de la fusión amorosa. La obstinación de querer ser uno donde hay dos. “Mi media naranja”, “Mi complemento”, “Mi alma gemela”: pura adicción, pura simbiosis. Un solo espíritu, una sola alma, un solo cerebro, un manojo de ideas amalgamadas hasta el hartazgo. Adiós al asombro. Las “almas gemelas”: ¿no sería mejor, más fácil y pragmático, al menos para los que no vivimos en el “plano astral”, buscar una forma de unión más aterrizada? ¿Qué hacer?: cambiar la fusión por el valor de la solidaridad: estar unidos, en comunidad y de manera participativa. Dos individualidades que se vinculan, porque amar la diferencia es amar dos veces. Estar sindicalizados en el amor.

El segundo valor es el de la generosidad amorosa. No es que esté a favor de la tacañería, lo que ocurre es que en la relación de pareja siempre esperamos algo (en la generosidad no). Si eres fiel, esperas fidelidad; si eres tierno, esperas ternura; si das sexo, esperas sexo, en fin: esperamos. Es más saludable agregar a los brotes espontáneos de generosidad, el valor de la reciprocidad. Justicia distributiva (Aristóteles) y justicia conmutativa (Santo Tomás). El amor recíproco da y recibe. Amor de ida y vuelta, equilibrado, justo, ético. No milimétrico, sino proporcionado

El tercer valor es la obligación o el deber conyugal. Las relaciones afectivas cuyo vínculo se instala sobre la base de los imperativos se van agotando a sí mismas. La relación amorosa no puede ser una exigencia. No se trata de estar con quien porque se debe estar, sino estar con quien se quiere estar. Los deberes son necesarios para cualquier tipo de convivencia siempre y cuando no afecten la dignidad de nadie. El deber razonable y bien concebido es un cimiento para el respeto, pero el deber inexorable e irracional tiende a justificar todo tipo de violaciones. Hay que convivir con el deber razonable y pasarle por encima al deber irracional. Es mejor completar las obligaciones, contratos y juramentos con el valor de la autonomía. Autogobierno, independencia personal con ayuda de la razón. ¿Cómo potenciar el “yo auténtico” si no somos libre de desear lo que queremos y de afirmarnos en lo que pensamos?.

El cuatro valor es la tolerancia. Si alguien dijera yo tolero a mi pareja, no apostaríamos cinco centavos por esa relación ¿Hay que tolerarlo todo? Obviamente no. Al igual que cualquier principio de vida, hay que fijar límites. Aunque la palabra tolerancia posee una acepción positiva (pluralismo, democracia), “tolerar”, de acuerdo a un reconocido diccionario de sinónimos, también quiere decir: soportar, aguantar, sufrir, resistir, sobrellevar, cargar con, transigir, ceder, condescender, compadecerse, conformarse, permitir, tragar saliva, sacrificarse. Es más inteligente recurrir al valor del respeto. Reconocer al otro como un interlocutor válido, que tiene algo importante qué decir y a quien vale la pena escuchar en serio. Mucho más que tolerar, sin duda.

Los cuatro valores guía que he propuesto tienen arraigos en grandes movimientos a favor de la dignidad. Los tres primeros responden a la Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano y el cuatro valor se desprende claramente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El amor saludable y valioso, es compatible con ambas manifestaciones.


El poder de la belleza

Ser bello tiene sus privilegios. Tal como atestiguan algunas investigaciones, las personas bellas son mejor tratadas, se las considera más bondadosas, se las disculpa más y se las atiende mejor. Incluso el atractivo femenino pueden ser un valor agregado para los varones. Por ejemplo, cuando un hombre aparece acompañado de una mujer muy sexy, aumenta su favorabilidad: dime con quien andas y te diré cuánto cotizas. En el caso inverso, la predicción no se cumple: la evaluación de la mujer depende más de su encanto personal que de la compañía de turno: no me importa con quien andas, si eres bella, eres atractiva de todos modos.

Se ha descubierto que en casi todas las culturas, el rostro femenino de mayor atracción es aquel de aspecto infantil, ojos grandes y separados, nariz y barbilla pequeña, sonrisa amplia y cejas altas. No está de más agregar que la búsqueda de estos rasgos, disparadores visuales del eros masculino, ha llevado a muchas mujeres a crear una obsesión por sentirse especialmente deseadas.

Como resulta obvio para cualquiera que haya estado en estas lides, los hombres somos más propensos a la belleza física que las mujeres, mientras éstas se inclinan más por atributos como el poder, la posición social y el prestigio, aunque no exclusivamente. Una mujer bella y coqueta puede resultar tan peligrosa como un hombre de chequera abultada.

Así que por más que las feministas hagan pataletas, y posiblemente con razón, para la gran mayoría de las señoras y señoritas, el varón exitoso, excita. El dinero es sexy, aquí y en la china. Otra vez los datos: a las mujeres les gustan los hombres que muestren signos de dominio, que sean inteligentes y ambiciosos, altos y fuertes, y si además son “bonitos”, mejor, mucho mejor. Los psicólogos sociales son precisos al decir que en general, las mujeres ofrecen belleza y buscan seguridad financiera, mientras los hombres ofrecen posición financiera y solicitan ciertas característica físicas.

¿Y en cuanto a la belleza masculina? El cuento de que “los hombres son como el oso” debe haber sido un invento de los feos. Los especímenes “lindos”, tipo Brat Pitt, producen tanto revuelo en las mujeres como un terremoto. Se me dirá que personas como Sean Cornery o Harrison Ford igualmente hacen estragos, pero es que ellos también son atractivos, maduros, pero buenos mozos. La tendencia es clara: al igual que las mujeres, los hombres bien parecidos son mejor evaluados y más admirados, incluso los políticos, que es mucho decir.

Los varones poderosos y la mujeres bellas suelen tener un cortejo de simpatizantes dispuestos a todo para obtener sus favores. Competir con esos admiradores o admiradoras es definitivamente estresante: siempre habrá una mujer más bella o un hombre más platudo que nos ponga a tambalear. Por eso pienso que es mejor tener una compañera normal, una mujer sin silicona, que no deslumbre ni active tanta testosterona en los rivales masculinos: más calma y menos mala sangre. Igualmente, es mejor enamorarse de un varón normal, ni tan alto ni tan opulento, uno que se acurruque de vez en cuando, que pida consejo, que haga sentir a su mujer como la más hermosa y extraordinaria el mundo, aunque no sea exactamente así: ¿qué importa la objetividad, si nos sentimos amados? Definitivamente,  el promedio tiene sus encantos.


Odiar es muy fácil

Odiar es muy fácil, amar es un poco más difícil. Desear la destrucción del prójimo ocurre con una facilidad incomprensible considerando sus implicaciones éticas y psicológicas. Lastimar innecesariamente a otros, basados exclusivamente en la idea del “ojo por ojo” o en el código antisocial de la venganza, parece ir en contra de toda ley natural, y aún así ocurre. Odiar es desearle lo peor a otro ser humano. No es la defensa adaptativa ante un ataque, sino el recordatorio, la alimentación permanente del sentimiento negativo. El odio no se extingue ni se agota cuando lo utilizamos, más bien se ahonda y se refuerza a sí mismo, durante meses, años o siglos. De manera similar a lo que ocurre con la dependencia a la drogas, el odio no se sacia, el organismo no es capaz de procesarlo y absorberlo hasta alcanzar el equilibro.

El esquema del odio se autoperpetua en una espiral infernal. Cuando se intenta equivocadamente aliviar la sed de venganza matando a alguien, es posible que la familia o los amigos de la víctima también recurran a la violencia para “resarcir” la cuestión, lo que hará que los nuevos afectados reaccionen nuevamente con violencia. La herencia de la muerte que se trasmite como un legado de “honorabilidad”, de generación en generación, de momento a momento. Paranoia, abuso, acción y reacción, defensa y ataque, la filosofía de la guerra. El odio es el patrimonio de los depredadores humanos (los animales no odian, solo sobreviven), la justificación emocional que “legaliza” la aniquilación de las víctimas.

El encono emocional extermina el amor, porque se opone a la existencia de la persona. Es lo del amor espinosista, tal como lo define Comte-Esponville: “Amar es la alegría de que el otro exista”. En cambio, odiar es negar la existencia ajena, proclamar su “no ser”: “Me da rabia de que existas”.

Pero el odio, también adopta formas menos dramáticas y genocidas. No siempre atacamos a mansalva, no siempre la agresión manifiesta se impone. En ocasiones la ira se reprime y la ira se transforma en rencor, en resentimiento, en furia no resuelta que se instala en la memoria emocional y no nos deja en paz. No hay tranquilidad si mi mente está empeñada en desear el mal. Odiar quita tiempo, exige una gran inversión de recursos y amargura, por eso es que el aborrecimiento sostenido enferma a quien lo siente.

Y también genera tristeza, degradación de la vida. Nadie puede crecer en el odio ni acercarse siquiera a la felicidad porque se opone al hecho mismo de vivir, a la naturaleza del universo. La aversión obsesiva hacia otro ser vivo nos quita la opción de la convivencia y nos ubica en un campo de batalla minado de negativismo y miserias.

No digo que todo el mundo deba caernos bien. Hay rechazos muy viscerales. De lo que hablo es de la animadversión vital, de la necesidad imperiosa de querer provocar el mal a un semejante, de disfrutar su desgracia, de recrearse en la malevolencia.

¿El tiempo todo lo cura?: dudo de que sea así. A veces el tiempo alimenta el sentimiento negativo y lo hace más nocivo. Es mejor estar a favor de la vida, es más saludable disfrutar la paz y más alegre regocijarse en el amor.


El arte de sentirse fracasado, sin serlo

el arte de sentirse fracasado

En psicología se explica que los humanos establecemos todo el tiempo atribuciones sobre las posibles causas de lo que nos ocurre. Por ejemplo: si te sientes mal por cometer un error puedes escapar al desasosiego haciendo atribuciones externas (la causa del error no dependió de mi), inestables (es probable que no vuelva a ocurrir) y especificas (no ocurrirá en otra situaciones distintas) sobre el fracaso.

Veamos dos formas de encarar un mismo problema. La primera te libera y la segunda te hunde y te acerca a la sensación de fracaso:

  • Supongamos que te vaya mal en un examen y aplicas este tipo de atribuciones: piensas que el profesor exigió demasiado (causa externa), que la insuficiencia académica es un hecho aislado y no tiene por qué volver a ocurrir (causa inestable) y que esta falla no afectará otras materias (causa específica). Una persona que piensa así, si es realista, honesta y asume su responsabilidad  real,  no se sentirá mal ante el fracaso ni se autocastigará. Se tratará con cuidado y respeto. No pensará que es un desastre, ni atribuirá todo el fracaso a su persona como consecuencia de una generalización irracional. Se dará otra oportunidad.
  • Supongamos ahora el caso opuesto, que ante un mal resultado en un examen la persona pensara que la causa es: interna (“El error dependió totalmente de mí”, “Soy el responsable único de lo ocurrido”), estable (“Siempre me ocurrirá lo mismo”) y global (“Seguiré fallando en los exámenes de distintas materias”). Con este razonamiento la conclusión y rotulación final es apenas obvia: “Soy un fracaso, no soy capaz, soy una persona poco inteligente y no tengo forma de evitarlo”. Atrapado en la más profunda decepción de uno mismo.

Es este segundo caso el que te llevará indefectiblemente a la depresión si lo aplicas con frecuencia, ya que asumes toda la responsabilidad del hecho sin atenuantes e injustamente  y  lo atribuyes de manera categórica a tu escasa capacidad intelectual. Inescapable. Además, como si no fuera suficiente,  haces un pronóstico catastrófico de tiempo y lugar a seguir fracasando en cualquier situación académica ¿Cómo podrías sentirte bien pensando de esta manera?

Aunque te parezca extraño, muchas familias y centros educativos estimulan este tipo de reflexiones pensando que si te exiges exageradamente y vez un futuro gris te pondrás las pilas para evitarlo y aprenderás a ser mejor a base de sufrimiento y una autoexigencia despiadada. Los psicólogos cognitivos decimos que esta manera de interpretar los hechos negativos (atribuciones internas, estables y globales para el fracaso), llevada al extremo,  te arrastrará a sentirte un miserable y profundamente imperfecto, sin serlo.